Llueve. Y la tormenta continúa azotando las ventanas del viejo piso de ramblas. Fuera se desata una tormenta, y en mi corazón, otra. Una pesadilla continua, que parece no tener fin algunas noches, noches como esta.
Aún recuerdo aquella fatídica noche, aún escucho tus gritos, aún siento aquel pesar en mi pecho, gran acongoje y bola se sentimientos en mi interior, aquella amarga impotencia de ver como te vas de mis manos y no poder hacer nada al respecto. Ver como caen las últimas flores de cerezo…
Una noche de tormenta, en este mismo piso, en aquella vieja cama de edredones color granate, fue donde te hice mía una y otra vez, dónde te entregue todo lo que soy, fui y siempre seré. Aquella cama, que, aunque muda, ciega y sorda, guarda los secretos de nuestro puro amor bajo las sabanas. Aquella cama, que vio como tu luz se apagaba y mi corazón moría junto a tu vida que se me escapaba de las manos, como el agua de lluvia se cuela por las rendijas del tejado y va morir en algún charco.
Las lágrimas brotan de mis ojos, igual que las gotas de lluvia del cielo, mis ojos se tornan rojos, como aquella luna de sangre que esta noche se ceñirá sobre mi sueño. Y no hay paz, no hay descanso, no hay nada que calme mi llanto. Solo tú. Tu y tú sonrisa. Tu y tú mirada. Tu y tus labios en mi almohada…
Un calor sofocante recorrió mi cuerpo y se albergó en mi pecho, trepo a mi garganta y me dejo sin respiración. Me sofocaba, era una asfixiante sensación de soledad. Tenía que relajarme. A medida que tu recuerdo era el antídoto para todos mis males, aquello que mediante imágenes, cintas, grabaciones, cartas, y aquella caja, recuperaban el control sobre mi cuerpo, lentamente. Casi sin darme cuenta rompí la botella de whisky que había sobre la encimera en mencionado ataque de ansiedad.
–Jé, que gracia. Ha quedado igual que mi corazón aquella tarde, destrozado.
Limpie los cristales con total cautela, para no cortarme con los cristales que yacían desperdigados por todo el suelo de la cocina. Soy una patosa, no importa cuanto cuidado ponga a las cosas, siempre término hiriéndome: me hice un corte en la mano (al recoger los trozos de cristal).
Me quede casi hipnotizada mirando como corría la sangre por mi mano derecha. En un vislumbre de sobriedad (esto no quiere decir que hubiese estado bebida), reaccioné y fui inmediatamente a curar la herida. Temiendo lo peor, una infección o cualquier cosa mala que pudiera sucederme, que impidiera no poder volver a tocar el piano, no volver a dedicarte mis melodías infinitas.
Vendé mi mano, y me acerque lentamente a mi piano, a nuestro piano. Deleitándome y sintiendo un placer casi nostálgico al recorrer con la yema de mis dedos cada una de las teclas de aquel instrumento. Recordando y atesorando cada intimo momento pasado a tu lado. Me deje caer en el asiento, (como tu en mis brazos) comencé a tocar despacio (como cuando tocaba tu cuerpo) y volqué mi alma en las teclas. La música salía casi por inercia, sola, mecánica. Pero, como de costumbre, la melancolía embargaba toda la casa y flotaba en el aire como tu perfume de cereza lo hizo en su día.
Recuerdo como el doctor me dio la noticia –y continuo tocando mientras recuerdo tales momentos- la puñalada que sentí en el pecho, como mi corazón se heló con tal devastadora noticia. Tu tumbada en la cama, con las sabanas granate. Yo acariciando tu larga y oscura melena, apartándote el flequillo de los ojos, contemplando tu belleza. Tu sabias lo que ocurría, lo entendías. Te entristecía mi tristeza, llorabas ante mi derrumbamiento, temías el dejarme sola, pero, siempre estarías conmigo (de una u otra forma). Besaste mis lágrimas dulcemente, me entregaste tus últimas palabras, tu último aliento, tu esperanza.
Una triste melodía, una sinfonía casi fantasmal, un corazón que llora, una flor que se marchita y se le caen los pétalos. Ver morir tu luz a la luz del alba.
Sigue tronando la tormenta, el whisky derramado sobre la moqueta, las velas danzando una sinfonía tétrica, tu perfume de cereza, y una noche que jamás olvidare: Cuando las lágrimas se derraman ante la caída de la última flor del cerezo que muere en un invierno eterno.

Oh my god, me encanta, que digo, es fantástico, de verdad.
ResponderEliminarCreo que éste ha sido el que más me ha gustado, con diferéncia, almenos has hecho que me escuezan los ojos, es mucho. ;)
Sigue así, espero impaciente el siguiente :D
No hay suficientes palabras para describir lo impresionada que me dejaste al leer este fragmento de la historia.
ResponderEliminarComo siempre, me encanta este relato. Sigue así mi Linda Shei.
Espero poder seguir leyendo ^^